31/10/2025
Para los cristianos, la esperanza es más que un estado de ánimo vinculado a deseos y expectativas alcanzables: se trata de una fuerza espiritual que orienta hacia la vida eterna con plena confianza en la gracia de Dios. Es la luz en el horizonte que guía al peregrino en su camino. Este es precisamente el eje vertebrador del próximo XXVII Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la ACdP y el CEU, bajo el inspirador lema «Tú, Esperanza».

Índice
1. ¿Cuál es el significado de la esperanza?
Ante todo, es una virtud teologal por la que «aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos […] en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo» (CEC 1817). Une nuestros deseos y nuestra voluntad bajo la luz de la gracia, fortaleciéndonos ante las dificultades y animándonos a perseverar. Nunca defrauda. Arraigada en la fidelidad de Dios, permite al cristiano vivir con una visión trascendente, en la certeza de que las promesas del Evangelio se cumplirán: «es para nosotros como ancla del alma, segura y firme» (Hb 6,18-19).
Según la RAE, la esperanza se define como un estado de ánimo «que surge cuando se presenta como alcanzable lo que se desea». Aristóteles valoró esta virtud como una aspiración, elevada y de orden natural, al bien y a la felicidad, afirmando que «la esperanza es el sueño del hombre despierto»; sin embargo, para los cristianos, es mucho más que expectación y optimismo: es una luz que guía nuestro camino vital sosteniéndonos frente a la incertidumbre, el dolor o el sufrimiento. Confiando en Dios, que obra en nosotros, esperamos algo trascendente, el cumplimiento de las promesas que Él nos hizo.
Este año, el Jubileo tiene como hilo conductor el lema Peregrinantes in Spem (peregrinos de esperanza), un espíritu que también anima diversas iniciativas clave de la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) y del CEU. Las jornadas celebradas en distintas ciudades bajo el lema «La esperanza no defrauda» han sido esenciales para estimular la reflexión y fortalecer el compromiso de los católicos en la vida pública. En ellas, se ha presentado una respuesta cristiana eficaz y significativa frente a los desafíos actuales. Todo este recorrido culminará en el próximo Congreso Católicos y Vida Pública, que llevará por lema «Tú, Esperanza».
En esta línea, Aquilino Polaino, catedrático de Psicopatología de la Universidad CEU San Pablo, señala que «la esperanza hunde sus raíces en lo real e invisible, y no en fantasías o deseos fugaces». Mientras las expectativas humanas suelen apoyarse en certezas inmediatas y cálculos sobre el futuro próximo, este don teologal se sustenta en la certeza de lo invisible y orienta al cristiano hacia metas trascendentes y hacia el bien común.
Jacques Maritain advirtió que cuando una sociedad deja de aspirar a lo trascendente y lo sagrado, su cohesión moral se debilita, quedando a merced del utilitarismo y del desencanto.

2. Fundamentos teológicos de la esperanza
2.1. La esperanza en el Antiguo Testamento: Job, Salmos, Isaías y Sabiduría
La primera manifestación de la esperanza en la Biblia nos revela que Dios promete transformar el valle de Acor, símbolo de desgracia y castigo (cf. Jos 7,25-26), en una «puerta de esperanza», lugar de reconciliación y nuevo comienzo para su pueblo (cf. Os 2,17); pero es el Libro de Job el primer texto que profundiza en la naturaleza de la esperanza, a la que otorga un carácter sobrenatural, que trasciende a la muerte, caracterizada por la perseverancia y también por su resiliencia: es un árbol que, a pesar de estar talado, conserva viva la oportunidad de retoñar (cf. Job 13,15; 14,7).
En el célebre «Esperaba la dicha, me vino el fracaso; anhelaba la luz, llegó la oscuridad» (Job 30,26), Job no comprende por qué Dios permite su sufrimiento, pero eso no le impide mantener su fe en Él (cf. Job 26,13-14).[1] La cultura popular destaca a Job por su paciencia, pero es su esperanza audaz lo que le caracteriza: una seguridad que no depende de méritos ni certezas humanas, sino de su fe en Aquél que nunca abandona. Ése es también nuestro desafío: no rendirnos en medio de las dificultades y permanecer firmes, incluso cuando el camino se vuelve oscuro o intrincado. El significado profundo de este texto conecta con el misterio pascual: Cristo se entregó en la cruz y venció a la muerte abriéndonos el camino a la vida nueva que estamos llamados a compartir con Él.
El salterio desarrolla y amplía la noción de esperanza introducida en Job. Los Salmos añaden una calidad literaria elevada y tienen aplicación litúrgica. San Agustín, comentando el salmo 31, escribe que la esperanza es como un ancla que sostiene al alma en la tormenta: no evita las olas, pero sostiene en la zozobra. Con expresiones como «¿Qué puedo esperar, Señor? Mi esperanza está en ti» (Sal 39,8) y «Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza desde mi juventud» (Sal 71,5), se subraya que es Dios mismo el origen de nuestra esperanza. Esta confianza dialoga con la fe (emunah) y la confianza (kesel), invitando a mantener la unión entre ambas a lo largo de la vida. El salterio también revela una dimensión social: «Espere Israel en el Señor, porque en Él hay misericordia y redención abundante» (Sal 130,7).
Esta perspectiva es recogida por los profetas, como Isaías («Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan», Is 40,31) y Jeremías, quien afirma que Dios conoce bien sus planes para con su pueblo, planes orientados a darles un porvenir y una esperanza (cf. Jr 29,11). Más adelante, el Libro de la Sabiduría llevará esta reflexión al horizonte de la vida eterna: «Su esperanza estaba llena de inmortalidad» (Sab 3,4), subrayando que la fidelidad a Dios no termina con la muerte, sino que se cumple en una vida plena y gloriosa junto a Él.
2.2. El Nuevo Testamento: consumación de la salvación y presencia del Reino

María acoge con fe el anuncio del ángel, confiando en el cumplimiento de la promesa (cf. Lc 1,38), y es reconocida por Isabel como la que ha creído (cf. Lc 1,45). La Encarnación inaugura el tiempo mesiánico, tangible ya en el nacimiento de Jesús, momento en que Simeón reconoce al esperado como consuelo de Israel (cf. Lc 2,25).
Jesús no pronuncia muchas veces la palabra “esperanza”, pero se convierte en ella. Sus signos de salvación y su cercanía a los pobres y marginados manifiestan que Dios está presente, actúa y permanece fiel. Despierta en cada corazón la certeza de su compromiso con nosotros y está atento a los más necesitados como proclama en las bienaventuranzas.
En la cultura griega clásica, elpis designaba una expectativa incierta, a veces sombría, e incluso ilusoria, como muestra el mito de Pandora. No se consideraba una virtud, sino una disposición ambigua ligada al deseo y a la incertidumbre. Con san Pablo, la esperanza adquiere un estatuto completamente nuevo: ya no es conjetura humana, sino don de Dios, virtud teologal vinculada inseparablemente a la fe y la caridad, sostenida por el acontecimiento pascual y por la acción del Espíritu (cf. Rm 5,5; 8,24; 1 Co 13,13; 1 Ts 5,8).[2]
Ya desde los comienzos de su ministerio, Jesús aparece como la figura esperada, aquel en quien se cumplen las antiguas promesas: «En su nombre esperarán las naciones» (Mt 12,21). En Él, la esperanza se universaliza y adquiere un rostro compasivo. Como Él mismo proclama en la sinagoga de Nazaret, ha sido enviado «a anunciar el Evangelio a los pobres, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos» (Lc 4,18), inaugurando un tiempo nuevo, de gracia y de restauración. Un tiempo en el que se reconoce plenamente la dignidad del hombre, que nos abre horizontes y renueva la vida. El cardenal Raniero Cantalamessa distingue entre una esperanza que espera, orientada a Cristo, y una esperanza esperante, actitud activa del corazón que se abre, persevera y confía.
Es especialmente significativo el encuentro de Jesús con la samaritana, una mujer marginada por su comunidad, marcada por el fracaso personal (cf. Jn 4,1-42). Los samaritanos, considerados impuros por los judíos, no conocían más que el Pentateuco, por lo que no tenían acceso al relato de Job ni a los Salmos. En esta escena, Él le ofrece agua viva, una vida nueva y plena que colma el corazón y una forma de relacionarse con Dios, un Dios que es espíritu, al que se ha de adorar «en espíritu y verdad» (Jn 4,24).
Al descubrir que Jesús la conoce profundamente y que la ama, lo reconoce como Cristo y recupera la esperanza personal, junto con la confianza en un futuro distinto para ella y para su pueblo.
Este suceso refleja de forma bellísima el paso del desánimo a la alegría misionera, porque tras esto la mujer, llena de gozo, corre a anunciar a los demás que ha encontrado al Mesías: «Arrojó sus pasiones y se lanzó a anunciar la verdad», nos dice san Agustín en su Tratado 15. El Doctor de la Gracia nos aclara que la conversación trata en realidad de la forma de la Iglesia, que prefigura en esta mujer, y es la fe que brota de ella ese agua viva de la que Jesús parece tener sed, la única que nos sacia. El africano la nombra finalmente como la «samaritana apóstol».
San Pablo vincula por primera vez esperanza, fe y caridad como virtudes que configuran la vida cristiana (cf. 1 Co 13,13). Se refirió por primera vez a esta tríada de virtudes en Tesalonicenses, indicando que las dos primeras conformaban una coraza y la esperanza, como su casco protector, constituía junto a ellas una armadura para el creyente (cf. 1 Ts 5,8)[3]. Es en Romanos donde el apóstol afirma que la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5), y profundiza en su dimensión escatológica, presentándola como don trinitario que renueva el alma y la impulsa hacia la libertad gloriosa de los hijos de Dios (cf. Rm 8,20-21). Por eso, el creyente camina sostenido en la prueba, impulsado por una promesa cierta: «Hemos sido salvados en esperanza» (Rm 8,24; cf. CEC 654). Por su parte, la Carta a los Hebreos afirma que «la fe es fundamento de lo que se espera, y garantía de lo que no se ve.» (Hb 11,1).
2.3. Desarrollo patrístico
Desde comienzos del siglo II, san Policarpo de Esmirna, discípulo de Juan, exhorta a la comunidad a «perseverar… incluso si sufrimos en su nombre, glorifiquémoslo» (Polic. Fil. 8,2), haciendo de la esperanza el distintivo común de los primeros cristianos, perseguidos como él y abiertos al martirio. Décadas después, san Clemente de Alejandría identifica la esperanza con el alma de la Iglesia y la sangre de la fe: «Si la esperanza se desvanece… la vitalidad de la fe desaparece» (Clem. Alej. Ped. I,1). En el siglo IV, san Ambrosio la convierte en arma espiritual cotidiana, sostén del fiel en la liturgia y en el ministerio, y afirma que Cristo mismo es nuestra esperanza por su resurrección (cf. De Virginibus III, 22). Finalmente, san Agustín, en su Enchiridion, presenta la esperanza como don de Dios orientado a la vida eterna, inseparable de la fe y la caridad como gracia infundida en el bautismo[4], conformando la tríada teologal que sostiene al cristiano en su peregrinar, calma su corazón inquieto y encuentra expresión en las peticiones del Padrenuestro.
2.4. De la escolástica al magisterio actual
Sobre estos cimientos patrísticos, la reflexión teológica primitiva y medieval desplegó un amplio arco doctrinal que comienza con san Gregorio Magno, quien alegoriza sobre la esperanza con un análisis profundo del Libro de Job, prosigue con san Bernardo de Claraval, que en sus sermones describe la esperanza como el alimento del alma peregrina en la travesía de este mundo («vivimos en la esperanza»), y culmina en el siglo XIII con santo Tomás de Aquino, en cuya Suma Teológica define canónicamente la esperanza teologal como virtud sobrenatural que infunde en el alma la firme confianza de alcanzar la vida eterna por el auxilio divino[4]. Además, advierte sobre las dos formas específicas de pecado contra esta virtud, recogidas posteriormente por el catecismo (cf. CEC 2090–2092):
- La desesperación, no en el sentido común de perder la esperanza ante un hecho concreto, sino como la creencia de que los propios pecados son tan graves que no merecen perdón, o de que la gracia no puede obrar eficazmente en nosotros.
- La presunción, cuando, sobrevalorando las propias facultades, se espera obtener el perdón sin conversión o alcanzar la gloria sin méritos. Ambos pecados son mencionados en el Catecismo como ofensas al primer mandamiento.
«Spene», diss’io, «è uno attender certo de la gloria futura, il qual produce grazia divina e precedente merto. Da molte stelle mi vien questa luce; ma quei la distillò nel mio cor pria che fu sommo cantor del sommo duce. ’Sperino in te’, ne la sua teodia…» Dante, Paraíso, Canto XXV
Dante, que era aún un niño cuando fallece el santo filósofo, expresa en lenguaje poético lo mismo que el Aquinate: esperan en Dios aquellos que lo conocen, quienes aspiran a la gloria futura.
El Catecismo de la Iglesia Católica recoge todo ello y presenta la esperanza como don de Dios por el que se desea el Reino de los cielos y la vida eterna, confiando en las promesas de Cristo y apoyándose en la gracia del Espíritu Santo (cf. CEC 1817–1821).
Gaudium et Spes sitúa la esperanza en el centro del diálogo entre la Iglesia y la sociedad, reconociendo en Cristo glorioso el principio y la meta de nuestro devenir. Por su parte, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia (CDSI) afirma que la esperanza cristiana anima el compromiso social, para edificar un mundo más justo y fraterno, fundamentando la visión cristiana de la historia.
La encíclica Spe Salvi de Benedicto XVI profundiza en la doctrina, mostrando que la esperanza es una forma concreta de existencia fundada en el conocimiento del Dios vivo, no es una idea abstracta, sino que se basa en Cristo. Dios nos ha regenerado, mediante la resurrección, para una «esperanza viva» (1 Pe 1,3), capaz de sostenernos en el sufrimiento, iluminarnos en la acción y orientar nuestro discernimiento moral desde la perspectiva escatológica.
2.5. Síntesis cristológica: Cristo como fuente y realización de la esperanza
La esperanza tiene en Jesucristo su origen, su forma y su destino. Cuantas promesas hizo Dios, alcanzaron su sí en Él (2 Co 1,20); adquiriendo consistencia histórica y revelándose como presencia viva.
La Encarnación, obrada por el Espíritu Santo, expresa el compromiso inquebrantable de Dios con nosotros al asumir en el Hijo nuestra naturaleza: «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Persona divina en la que Dios quiso que residiera toda la plenitud (cf. Col 1,19) y que vino «a dar plenitud» (Mt 5,17).
La Pascua es su centro: en ella Cristo vence el pecado y la muerte; en ella, el Espíritu es el agente vivificador que ya ha comenzado la santificación del alma, prometiendo la del cuerpo (cf. Rm 8,11). A través de la resurrección de Jesucristo, Dios «nos ha regenerado para una esperanza viva» (1 Pe 1,3). El Espíritu Santo acompaña a los cristianos desde entonces como «prenda de nuestra herencia», del destino prometido (cf. Ef 1,13-14).
La vida de Cristo, su palabra y su entrega redentora plantean un modo concreto de vivir sostenido por la certeza del amor divino. Su presencia sacramental, en especial en la Eucaristía, y su acción en la comunidad creyente sostienen al discípulo y lo fortalecen en el camino. Con Él, como cabeza de la Iglesia, la esperanza se vuelve fecunda, alentada por el Espíritu Santo, que la infunde en el creyente y la mantiene viva en el tiempo; su acción, como virtud activa, la configura en el dinamismo del amor e impulsa la fe hacia la comunión prometida, iluminando así el caminar del pueblo de Dios.[7]
3. La dimensión teológica y litúrgica de la esperanza
3.1. Naturaleza teológica: relación con la fe, la caridad y la comunidad eclesial
Como enseñó san Gregorio Magno, la esperanza forma, junto con la fe y la caridad, el núcleo teologal de la vida cristiana. La fe la precede como adhesión a la promesa recibida, y la caridad la expresa como entrega activa en el presente.
Benedicto XVI, en Spe Salvi, resalta que la esperanza constituye una forma concreta de existencia: recibir este don fue determinante para la conciencia de los primeros cristianos, ayudando a los creyentes de entonces y de ahora a liberarnos de la aflicción. Finalmente abre a todos los miembros de la Iglesia la puerta oscura del tiempo a la luz, invitándolos a vivir de otra manera, a una vida nueva. (cf. Spe salvi, 2)
En la vida eclesial, se alimenta en la liturgia, se fortalece en la comunión de los santos y se despliega en la misión. Lumen gentium recuerda que la Iglesia comparte una única esperanza, una única fe y una caridad indivisa (cf. LG 32), que no ha de quedar encerrada en el interior sino manifestarse «incluso a través de las estructuras de la vida secular» (LG 35). Acompañados por ella, podemos llevar a cabo nuestra misión y labrar nuestra salvación (cf. Flp 2,12).
Yves Congar subrayó que la esperanza, vivida en comunión, no es evasiva ni individualista, sino fermento de renovación espiritual y pastoral que permite a la Iglesia reconocer los signos del Espíritu. Fortalece los vínculos comunitarios, orienta el discernimiento espiritual y anima el compromiso con el bien común.
3.2. Dimensión escatológica: parusía, vida eterna y plenitud futura
Escatológicamente, la esperanza cristiana mira hacia la manifestación gloriosa de Cristo, acontecimiento que corona la historia de la salvación y revela el cumplimiento del designio divino de restaurar todas las cosas en Él (cf. Ef 1,10; LG 48). La parusía, tiempo de restauración y de renovación, supone la revelación definitiva de Aquel cuya presencia actúa ya en la historia y en la Iglesia.
La vida eterna es comunión con Dios por Cristo en el Espíritu: participación en la gloria del Resucitado, visión de Dios y pertenencia estable a la asamblea de los bienaventurados. Unidos a Cristo en la Iglesia, los fieles reciben ya el nombre de hijos de Dios, aunque su gloria no se ha manifestado todavía (cf. 1 Jn 3,1-2; Col 3,4). En su peregrinar, los miembros de la Iglesia aspiran a la plenitud prometida, seguros de que los padecimientos del tiempo presente nada son comparados con la gloria futura que ha de revelarse (cf. Rm 8,18; LG 48).
El creyente resucitará incorruptible y transformado (cf. 1 Co 15,52), siendo conducido por Cristo al corazón trinitario. Por eso la Iglesia peregrina vive en vigilancia y esperanza activa, anticipando en la fe y los sacramentos los bienes futuros y aguardando «la manifestación de la gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,13).
3.3. Celebración litúrgica de la esperanza
La liturgia es el ámbito en el que la esperanza cristiana se hace visible, se fortalece y se celebra comunitariamente. Cada gesto, palabra y signo comunica una pedagogía que introduce al creyente en el dinamismo de la promesa.
El tiempo de Adviento es un itinerario de esperanza, porque la Iglesia vive en estos días la espera confiada del Señor que viene. La liturgia invita a los fieles a «renovar el deseo de su segunda venida» y a prepararse para recibirle con un corazón vigilante (cf. CEC 524). A través de sus símbolos —las lecturas proféticas, la corona de Adviento y el encendido progresivo de sus velas— forma al creyente en esa vigilancia activa que caracteriza a la virtud teologal de la esperanza.
Este camino culmina en la Navidad, cumplimiento de las promesas hechas a Israel y comienzo visible del designio salvífico que llevará a la nueva alianza. En el Niño de Belén y en el misterio de la encarnación, la Iglesia contempla la fidelidad de Dios y anticipa ya la gloria futura.
La Eucaristía, sacramento central de la vida cristiana, es el lugar donde la esperanza se anticipa sacramentalmente y alcanza su mayor densidad simbólica y espiritual. Memorial del sacrificio pascual de Cristo, constituye también «prenda de la gloria futura» (CEC 1402). El creyente participa sacramentalmente del banquete eterno, sostenido por la presencia real del Señor resucitado. En cada celebración, decimos: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús», expresión que condensa la orientación escatológica de los fieles. Como escuela de esperanza, la Eucaristía educa al corazón creyente en la tensión entre la promesa cumplida y la plenitud esperada.
La adoración eucarística prolonga sacramentalmente la presencia del Señor fuera de la celebración y sostiene la esperanza del creyente, que contempla ya al Resucitado y, a la vez, espera su manifestación gloriosa. En la Exposición del Santísimo, la Iglesia vive una vigilancia amorosa que fortalece el deseo de Cristo y anticipa, en silencio orante, el encuentro definitivo (cf. Ecclesia de Eucharistia 25).
Otros sacramentos también expresan y comunican la esperanza. El de la Penitencia manifiesta la certeza del perdón y la posibilidad siempre abierta de conversión. La Unción de los enfermos, lejos de suponer una despedida, testimonia que la gracia acompaña incluso en la fragilidad, recordando que «la cruz de Cristo lleva implícita la victoria» (CEC 1521).
La liturgia, en su conjunto, se presenta como obra trinitaria: el Padre colma a sus hijos con la bendición de Cristo y comunica el don del Espíritu, transformando al creyente en alabanza viva de su gloria. Cada acto litúrgico sitúa al pueblo de Dios en una tensión escatológica, donde el presente se vive con la certeza del cumplimiento. La oración en común, especialmente el Padrenuestro, el Salve Regina y la Liturgia de las Horas, expresan la esperanza compartida de la Iglesia universal. Así, la Iglesia camina entre las promesas ya realizadas y la esperanza de su plena manifestación.
3.3.1. Principales expresiones litúrgicas y sacramentales de la esperanza
| Elemento litúrgico o sacramental | Dimensión esperanzada que expresa |
| Adviento | Preparación activa para el nacimiento del Hijo de Dios, que aviva en el corazón de los fieles el deseo de acogerle (cf. CEC 524; Juan Pablo II, Homilía, 29.XI.1998) |
| Navidad | Cumplimiento de las promesas en la Encarnación, manifestación histórica de la esperanza |
| Eucaristía | Donde experimentamos ya ahora la comunión con Cristo resucitado que esperamos en plenitud |
| Exposición del Santísimo | Adoración ante Cristo realmente presente, que sostiene la esperanza teologal y dispone al encuentro con Él (cf. EM 60; EE 25) |
| Penitencia | Renovación de la esperanza por la misericordia que perdona y restaura al creyente (cf. CEC 1468; Reconciliatio et Paenitentia, 31) |
| Unción de los enfermos | Consuelo y fortaleza en la enfermedad, victoria de Cristo en el sufrimiento |
| Liturgia de las Horas | Oración común diaria de la Iglesia, expresión de la espera vigilante del Reino |
| Rosario, novenas, Vía Crucis | Caminos de esperanza popular sostenida en la oración y el recuerdo pascual |
3.4. María como figura escatológica y madre de la esperanza
María ocupa un lugar singular como figura anticipadora de la gloria futura. Su fiat —«hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38)— inaugura la disponibilidad total a la acción de Dios, acogiendo la Palabra en la fe y abriéndose sin reservas a su cumplimiento. En ella, la esperanza teologal revela su sentido anagógico y se hace carne: orientándose a la promesa, se sostiene en la fe y acoge plenamente la caridad.

Su asunción en cuerpo y alma a la gloria celestial es la más plena manifestación y signo de esperanza (cf. LG 68), primicia de la resurrección prometida a cada creyente. María, vinculada a Cristo y el Espíritu, es lo que la Iglesia está llamada a ser. Como Madre, acompaña al pueblo de Dios, sosteniendo su esperanza.
Entre los siglos IX y XI, especialmente con san Bernardo de Claraval, se consolidó una de las advocaciones marianas más queridas: la de Stella Maris (Estrella del Mar), que nos recuerda Benedicto XVI en Spe Salvi:
Santa María, Madre de Dios, Madre nuestra,
— Benedicto XVI, Spe Salvi
enséñanos a creer, esperar y amar contigo.
Indícanos el camino hacia su reino. Estrella del mar,
brilla sobre nosotros y guíanos en nuestro camino.[8]
4. Hacia una esperanza compartida
La esperanza cristiana, virtud teologal infundida por Dios, configura la existencia del creyente, dotando de sentido escatológico cada dimensión de su vida: personal, eclesial y social. Esta virtud le sostiene interiormente y le proporciona una clave hermenéutica no solo en la espera, sino para encarnar activamente la plenitud en el presente y discernir los signos de Dios en la historia. Como enseña san Pablo: «La esperanza no defrauda» (Rm 5,5), porque está anclada en una promesa fiel y en un amor que venció a la muerte.
Desde la fe, la vida del creyente se orienta al cumplimiento definitivo. Desde la perseverancia, la acción se sostiene y el anhelo de plenitud se mantiene firme[9]. Desde la justicia y el amor, la esperanza transforma la vida pública, genera cultura y actúa como levadura con efectos sólidos en la sociedad: ilumina la tarea educativa, sostiene la acción caritativa y orienta el compromiso público. Articula, además, la responsabilidad personal con el bien común. Gaudium et Spes recuerda que «el porvenir de la humanidad está en manos de quienes sepan dar a las generaciones venideras razones para vivir y razones para esperar» (GS 31). Ser testigos de la esperanza hoy implica reavivar la fe, reconstruir la fraternidad y vivir con una generosidad desinteresada. El cristiano espera con la Iglesia y en la Iglesia. En esa comunión eclesial y como peregrino, camina mientras su alma anticipa la alabanza de la gloria futura. Por eso, la convocatoria del Jubileo ordinario de 2025, bajo el signo de Spes non confundit, nos llama a redescubrir la alegría del encuentro con Dios.
4.1. Características de la esperanza
4.1.1 Rasgos esenciales de la virtud
- Como virtud teologal es infundida por Dios y orienta la voluntad hacia Él (cf. CEC 1817).
- Es una disposición habitual del alma (habitus operativus bonus) que capacita para confiar en las promesas de Dios y tender al bien futuro que supera nuestras fuerzas (S. Th., II-II, q.17, a.1).
- Tiende hacia Dios como fin último, haciendo alcanzable por la gracia aquello que no podemos lograr por nuestras solas capacidades. Esta dirección se mantiene incluso en la prueba y se purifica en ella, como recuerda la primera carta de Pedro al hablar de la fe sometida al crisol de la dificultad (cf. 1 Pe 1,6-7).
- Posee una dimensión escatológica connatural, porque la virtud se define por su orientación a la plenitud futura, no por el consuelo presente. Esto genera una tensión constitutiva en dos ejes:
- Entre el ya y el todavía no de la salvación, que es iniciada en Cristo y comunicada sacramentalmente en el bautismo —renovada en la penitencia y la eucaristía—, pero aún pendiente de su cumplimiento pleno en el Reino que trasciende todo entendimiento.
- Entre la firmeza que nos confiere la virtud teologal que proviene de la fidelidad de Dios y la desconfianza humana hacia uno mismo y hacia los otros, y en general con la conciencia de nuestra fragilidad.
4.1.2. El objeto último de la esperanza
- Fin último (in quod). Este es el objeto que la esperanza desea por sí mismo; el bien que, una vez poseído, se posee perfectamente para siempre. San Agustín identifica este fin con las tres primeras peticiones del Padrenuestro (los «bienes eternos»):
- La visión beatífica de Dios (cf. Hb 11,1; S. Th., II-II, q.17, a.2). «Cuando decimos “santificado sea tu Nombre”, pedimos que sea santificado en nosotros que estamos en él, pero también en los otros a los que la gracia de Dios espera todavía.» (Tertuliano, De oratione, 3, 4).
- El deseo de la venida del Reino de los cielos (Marana tha, en koiné) y la vida eterna, es algo más que una inspiración: nos compromete en la Tierra para instaurar la justicia y la paz en el Espíritu Santo (cf. CEC 2817, 2820)
- El cumplimiento de su plan universal de salvación («hágase tu voluntad»), primero en cada uno de nosotros y luego en todo el mundo. (cf. Agustín, Enchiridion, 115; Francisco, Audiencia al Capítulo General de la Orden de San Agustín, 20 III 2019)
- Medio para alcanzarlo (per quod):
- La gracia del Espíritu Santo, que mueve la voluntad hacia el fin último.
- Los méritos de Cristo, fundamento objetivo de la esperanza.
- Los siguientes bienes temporales, que pedimos en el Padre nuestro:
- «Danos hoy, nuestro pan de cada día» (material y espiritual, la Eucaristía), que es el remedio de inmortalidad y la fuerza de unión para nuestra vida en el «Hoy de Dios» (CEC 2835,2837). Nos implica también en la caridad y en el plano social para asegurar el alimento y la posibilidad de participar de la Iglesia, a nuestras familias y al prójimo.
- El don de la misericordia y el perdón, que es un medio para no ser excluidos del Reino. Requiere, además del sacramento de la penitencia, el perdón al hermano, un acto de caridad sin el cual la esperanza es vana (CEC 2839-2840).
- La capacidad de discernimiento y la fuerza para no sucumbir a las pruebas, para «no caer en la tentación». Una característica de la esperanza que nos ayuda a resistir y a ser perseverantes (CEC 2846,2848).
- La protección contra el mal: «La protección contra el mal: “Quien confía en Dios no teme al demonio. Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?” (Rm 8,31)» (San Ambrosio, De sacramentis, 5,30)
- Acto subjetivo del creyente (sub quo):
- Confianza filial: acto de fiducia por el que la voluntad, movida por el Espíritu Santo, se apoya en la fidelidad de Dios y se orienta al bien eterno prometido (cf. S. Th., II-II, q.17, a.5).
- Cooperación de la libertad con la gracia: el Espíritu impulsa interiormente y el hombre consiente libremente, de modo que la gracia no suprime, sino que eleva y perfecciona la libertad (cf. CEC 1818).
- Esperanza como hábito teologal: une conocimiento del fin, tendencia eficaz hacia él y certeza fundada en el poder divino (cf. Agustín, Conf. XIII,9,10).
- Perseverancia en la espera: mantiene al creyente en camino (peregrinatio), sostenido por la gracia en la tensión entre la promesa y su cumplimiento (cf. Spe salvi 33).
4.1.3. Efectos de la esperanza en el hombre
La tradición mística, especialmente san Juan de la Cruz, recuerda que, en las noches oscuras de la fe, la esperanza sostiene y acompaña al alma, permitiendo al creyente caminar aun cuando no ve. Su eficacia no depende de manifestaciones externas, sino de la fidelidad interior (cf. Francisco, Audiencia general, 20 de mayo de 2020).
La esperanza además:
- Mantiene al creyente en vigilancia activa y en actitud de disponibilidad ante el Reino (cf. Mt 24,42).
- Ordena e integra los bienes de este mundo sin absolutizarlos: «Solo Dios es el amparo y firmeza nuestra» (Fray Luis de León, Paráfrasis del Salmo 26).
- Genera comunión, al orientar al bien común y unir al Pueblo de Dios hacia un destino trascendente.
4.2. «Tú, Esperanza»: XXVII Congreso Católicos y Vida Pública
Desde esta base espiritual, la esperanza está llamada a hacerse visible en la vida pública. Necesitamos educadores, profesionales, familias, jóvenes y ciudadanos que, allí donde estén, trabajen con la certeza de que es posible construir un mundo más justo, de que es posible ayudar a los que sufren, de que es posible mantener la fe y hacer crecer la caridad.
Este es el espíritu que anima el XXVII Congreso Católicos y Vida Pública, organizado por la ACdP y la Fundación Universitaria San Pablo CEU, bajo el lema «Tú, Esperanza». Se va a celebrar entre el 14 y el 16 de noviembre en Madrid, y también podrá seguirse online.
Te animamos a participar. Infórmate y únete a las sesiones para compartir este impulso con otros: cada gesto cuenta. Visita la web oficial del Congreso. Tú también puedes ser parte de este movimiento. ¡Te esperamos!
«Los hombres solo se reúnen realmente por el espíritu, solo la luz los une, la luz que reúne todas las cosas intelectuales y racionales, y las hace indestructibles.» (Jacques Maritain)
Sobre el autor
José Antonio Redondo Martín – (Boulogne-Billancourt, Francia, 1967) Ha desarrollado su actividad profesional entre los ámbitos de Internet, la formación y la cultura. Es Responsable de Marketing Operativo de la Fundación Universitaria San Pablo CEU. Trabajó más de 19 años en el campo del eLearning como consultor y directivo y lleva más de 20 liderando proyectos en el ámbito digital. Es autor también de varios libros, artículos y manuales relacionados con la gestión de calidad en empresas de servicios, Internet, marketing y comercio electrónico. También ha ejercido como editor, crítico literario y promotor de diversas iniciativas de promoción de la cultura. Tras estudiar Ciencias Químicas y Matemáticas en la UCM, se especializó en dirección de empresas y en gestión de producción y tecnología en la Universidad Politécnica de Madrid así como en todos los aspectos relacionados con Internet. Cursó Piano en la Escuela de Música Creativa y es Máster en Creación Literaria por la Escuela de Letras de Madrid. Es Diplomado en Doctrina Social de la Iglesia por el Instituto CEU de Humanidades Ángel Ayala.
Glosario de términos teológicos
- Adviento
- Del latín adventus, «venida». Primer tiempo del año litúrgico. Es un período de espera activa y gozosa en que la Iglesia se prepara para celebrar el nacimiento de Cristo, recordando también su venida final. Es escuela de vigilancia, humildad y esperanza (cf. CIC 524).
- Anagógico
- Del griego anagogé (ἀναγωγή), «elevación» o «ascenso». Forma de lectura espiritual que, además del sentido literal o moral, busca conducir la mirada del creyente hacia las realidades últimas: el cielo, la vida eterna, la gloria de Dios. Muy presente en la liturgia y en la lectura cristiana de las Escrituras.
- Caridad
- Del latín caritas, amor entregado. Es la virtud teologal que nos permite amar a Dios por sí mismo y al prójimo por amor a Dios. Es la mayor de las virtudes (cf. 1 Co 13,13) y la forma de toda vida cristiana auténtica. No es simple sentimiento, sino don y compromiso activo.
- CEU
- Siglas de la Fundación Universitaria San Pablo CEU, institución educativa católica que agrupa diversas universidades, centros educativos y obras culturales en España. Fue fundada por la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP) en 1933 y desarrolla su misión formativa e intelectual desde una identidad humanista y cristiana, orientada al bien común y al servicio de la sociedad.
- Comunión eclesial
- Del latín communio («participación común») y ecclesia («asamblea convocada»). Se refiere a la unidad espiritual, sacramental y visible entre los miembros de la Iglesia. Esta comunión es con Dios y con los demás fieles, y se vive en la fe compartida, los sacramentos, la oración y la caridad fraterna (cf. CIC 946–962).
- Dimensión escatológica
- Aspecto de la vida cristiana que se refiere a su orientación hacia el fin último: la vida eterna con Dios. «Escatología» significa «tratado de las cosas últimas». Esta dimensión no anula el presente, sino que lo llena de sentido al saber que la historia camina hacia su plenitud en Cristo.
- Esperanza (virtud teologal)
- Del latín spes, «esperanza», y sperare, «confiar». Es la virtud teologal por la que confiamos en las promesas de Cristo y en la ayuda de su gracia para alcanzar la vida eterna. Se funda en la fidelidad de Dios, se mantiene viva incluso en la prueba y anima al cristiano a actuar (cf. CIC 1817–1821).
- Fe
- Del latín fides, que significa «confianza, lealtad, firmeza». Virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él ha revelado, porque es la Verdad. Es un don de Dios y una respuesta libre del hombre. No se opone a la razón, sino que la eleva. Es el fundamento de toda vida cristiana (cf. CIC 1814–1816).
- Fiducia
- Del latín fiducia, «confianza, seguridad». En teología moral designa el acto por el cual la voluntad, movida por la gracia, se abandona confiadamente en Dios y se apoya en su fidelidad. Es expresión práctica de la esperanza, que integra la fe en la confianza filial hacia el Padre (cf. S. Th., II-II, q.17, a.5).
- Homo viator
- Locución latina que significa «hombre en camino». Expresa la condición del ser humano como peregrino en búsqueda de sentido y plenitud. En teología cristiana, remite a la idea de que la vida es un viaje hacia Dios, ligada al concepto de peregrinación ascética, supone que el viator emprende la búsqueda de la verdad y su transformación interior. Gabriel Marcel popularizó este concepto en el siglo XX.
- Liturgia
- Del griego leitourgía, «obra pública o servicio del pueblo». Es la acción oficial de la Iglesia por la que se celebra el misterio de Cristo. A través de signos, palabras y gestos, el pueblo de Dios participa de la salvación y se une a Cristo en la alabanza y la entrega (cf. CIC 1066 ss.).
- Misterio pascual
- Del griego mystērion, «secreto revelado» o «realidad sagrada», y del hebreo pèsaj, «paso» (paso del Señor, cf. Ex 12). Expresa el conjunto de acontecimientos por los que Cristo ha realizado nuestra redención: su pasión, muerte, resurrección y glorificación. Es el núcleo de la fe cristiana y se actualiza sacramentalmente en la liturgia, especialmente en la Eucaristía. El misterio pascual es la manifestación suprema del amor de Dios que vence el pecado y la muerte, fundamento de toda esperanza cristiana (cf. CIC 571–573).
- Parusía
- Del griego parousía, «presencia». Se refiere a la segunda venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos. No es repetición de la primera venida, sino su plena manifestación: será el juicio final y la instauración definitiva del Reino de Dios (cf. CIC 671, 1040).
- Virtud teologal
- Del latín virtus («fuerza») y el griego theos («Dios»). Son las virtudes infundidas por Dios que orientan al ser humano directamente hacia Él: fe, esperanza y caridad. Fundan y sostienen la vida espiritual cristiana (cf. CIC 1812–1829).
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Notas
[1] En el hebreo original, se usan las palabras תִּקְוָה (tiqvah, elpis en griego), que significa esperanza (literalmente cuerda), y קָוָה (qawah), que significa esperar en un sentido activo, como quien mantiene tensa una cuerda. El análisis y extracción sistemática de las citas bíblicas y patrísticas se encuentra disponible en el dataset publicado por el autor en Zenodo (REDONDO MARTÍN, 2025). https://zenodo.org/records/15815515
[2] En el pensamiento griego arcaico, elpis (Ἐλπίς) designa una expectativa incierta, no la virtud teologal posterior. Hesíodo presenta la elpis retenida en el pithos de Pandora como parte del conjunto de males enviados por Zeus (Trabajos y días 90–105). Esta ambivalencia reaparece en la valoración ética de la esperanza en Aristóteles (Retórica II, 12 [1389a]) y en la perspectiva legislativa de Platón (Leyes 644c). En la ética clásica griega el canon de las virtudes cardinales (no divinas) fue prudencia, justicia, fortaleza y templanza; la elpis (esperanza) no estaba entre ellas. La formulación cristiana transforma radicalmente esta noción al entender la esperanza como don divino que sostiene y no defrauda (cf. Rm 5,5; 8,24; 1 Co 13,13; 1 Ts 5,8; traducción oficial CEE)
[3] Orígenes afianza esta comprensión de la esperanza, describiéndola junto a la fe como el yelmo del creyente, esencial en el combate espiritual ante las amenazas de su tiempo (cf. Orig. Princ. IV, 4,24).
[4] La virtud teologal de la esperanza permanece incluso tras el pecado mortal, mientras no se cometa contra ella directamente (cf. CEC 1817-1821)
[5] En la Ética a Nicómaco (II, 1–6), Aristóteles define la virtud como hábito adquirido que perfecciona la acción humana según la razón. La teología cristiana, especialmente en santo Tomás, asume esta estructura, pero distingue entre virtudes cardinales (naturales) y teologales (infundidas por Dios).
[6] Según Hannah Arendt, perdón y promesa son dos condiciones básicas de la condición humana.
[7] Cf. Rm 5,5: la esperanza, como virtud teologal, se sostiene por el amor de Dios «derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo». Esta infusión configura interiormente al creyente y mantiene viva la orientación escatológica de la vida cristiana.
[8] La expresión Estrella del mar (Stella Maris) es uno de los títulos más antiguos y venerados de la Virgen María. Aparece ya en textos monásticos desde el siglo IX y se asocia a la idea de María como guía segura en medio de las tempestades de la vida. Se popularizó especialmente en la antífona medieval Ave Maris Stella y fue recogida por san Bernardo de Claraval en sus sermones marianos.
[9] Como exhorta santa Teresa de Jesús: «Espera, espera… Vela con cuidado», Exclamaciones del alma a Dios, 15,3.