16/11/2025
La tarde de este sábado,15 de noviembre, ha terminado con un diálogo intergeneracional entre los sacerdotes Jesús Silva, Antonio María Domenech y Patxi Bronchalo, que han conversado junto a la creadora de contenido Carla Restoy. La influencer abrió la mesa redonda señalando como el laicismo dominante desplaza el acento de aquello esencial para los cristianos:… Seguir leyendo Pep Borrell: “Los animales se reproducen; los hombres procreamos, colaboramos con Dios en la creación”

La tarde de este sábado,15 de noviembre, ha terminado con un diálogo intergeneracional entre los sacerdotes Jesús Silva, Antonio María Domenech y Patxi Bronchalo, que han conversado junto a la creadora de contenido Carla Restoy. La influencer abrió la mesa redonda señalando como el laicismo dominante desplaza el acento de aquello esencial para los cristianos: la fe y la esperanza. Recordó que los jóvenes, a menudo desencantados con las falsas promesas del mundo, están sedientos de autenticidad y abiertos a redescubrir la Buena Noticia. “Nuestra vida es un signo de esperanza para quienes buscan algo más grande”, ha destacado.
A continuación, el sacerdote Jesús Silva profundizó en esta reflexión al denunciar la creciente separación entre la fe y la vida pública. A su juicio, el laicismo cultural ha logrado expulsar a Dios de la política, la economía e incluso de la esfera de lo íntimo. Sus raíces, según ha recordado, están en la Ilustración, cuando la ley natural empezó a ser desplazada por la ley positiva. Ese proceso ha desembocado en una sociedad que ya no se rige por lo verdadero o lo bueno, sino por lo emotivo. “Hoy ya no importa si algo es verdad o mentira, sino si emociona”, ha comentado. Para Silva, la ruptura entre fe y razón ha dejado al ser humano vulnerable y manipulable, sumido en una profunda crisis de identidad y de esperanza. Sin embargo, apuntó un signo alentador: “los jóvenes empiezan a dar un vuelco, cansados de la desesperanza que empujaba a muchos a la depresión y el suicidio, y ávidos de referentes reales en su vida cotidiana”.
Antonio María Domenech ha recordado que, sin Dios, la ley pierde su fundamento. Recordando a san Agustín, afirmó que la ley natural y la moral cristiana comparten una misma raíz divina, y alertó de los peligros de una espiritualidad rebajada que reduce la fe a gestos mínimos. “Para ser santos no basta con comulgar una vez a la semana”, ha comentado.
Por su parte, el sacerdote Patxi Bronchalo, por su parte, ha puesto el foco en la necesidad de reconocernos desde Dios. En su intervención evocó la célebre imagen bíblica de la “brecha” de Ezequiel: ese espacio en la muralla por el que entra el enemigo cuando quienes deben defenderla han abandonado su puesto. Para Bronchalo, las épocas de crisis son tiempos propicios para el surgimiento de santos, hombres y mujeres capaces de cerrar las grietas que la corrupción abre entre Dios y el mundo.
La última intervención de la tarde ha corrido a cargo de Pep Borrell Vilanova, quien introdujo un tema que resonó especialmente entre los jóvenes presentes: la manera cristiana de entender el amor y las relaciones. “Queremos un amor como el de nuestros abuelos, pero no nos preguntamos qué estamos haciendo nosotros en el noviazgo y el matrimonio”, ha comenzado.
Borrell explicó que el ser humano no se define solo por la razón, sino también por la voluntad. Ese equilibrio entre sentir, pensar y hacer es lo que sostiene el amor verdadero. Distinguió tres fases, “atracción, enamoramiento y amor”, y recordó que solamente cuando el enamoramiento pasa por la cabeza se convierte en un compromiso real, en amor. “No nos casamos porque nos amamos; nos casamos para amarnos”, ha confirmado. Su reflexión sobre la sexualidad como lenguaje del amor, inseparable del alma, cuestionó frontalmente los modelos que trivializan el cuerpo y disocian el sexo del compromiso. También ofreció criterios muy concretos para discernir un noviazgo sano, sus consejos para encontrar el noviazgo: observar el modo en que el otro trata a los demás, no permitir que la relación aleje de la familia o los estudios, hablar abiertamente de temas esenciales como la fe, los hijos o el trabajo, y aprender no solo a amar, sino a dejarse amar.
